Un año en mi vida. Beatriz Sanchez Agudo

UN AÑO EN MI VIDA

Cuando yo era chiquilla recuerdo la primavera y las promesas que traía: El verano que la seguía el olor de la verde hierba que en mi calle empedrada resurgía. La luz que en las tardes perduraba y más largas las hacía. Así podíamos jugar más tiempo después de la vuelta del colegio. A las cinco salíamos de clase deseando llegar a casa y comernos el pan con chocolate. Mi madre y mi tía escuchaban la novela en la radio mientras cosían (televisión no teníamos todavía).

-Esperad un momento- Nos decían cuando con premura la merienda le pedíamos -dejadnos escuchad el final- ¿Porqué no los tendrán en la escuela un rato más?

Recuerdo la tormenta de una tarde de mayo que de pronto por el pueblo se extendió y al mulo de los vecinos un rayo por el ojo le entró y por el trasero le salió y el animal fritó se quedó.

En ese mismo mes de mayo cantábamos con flores a María y el perfume de las rosas por todos lados se presentía.

Primavera: Semana Santa procesiones y unos día de vacaciones.

El arroz con leche, los dulces que las madres horneaban en las panaderías, magdalenas, galletas, roscos… y el hornazo con su huevo duro que pelarlo era un coñazo.

Saetas, procesiones, ropa de estreno. Pidiéndole al cielo que hiciera bueno para poderla estrenar, pues si llovía se podía estropear.

Primavera: Comuniones, todas las modistas afanadas haciendo vestidos con alforzones, trajes de marinero para los niños. Los conejos y pollos en los corrales esperando ser sacrificados y la comunión como Dios manda poder celebrar, en casa de cada cual. Lo de los restaurantes aun faltaba por llegar.

Tengo un recuerdo que no se porque? Pero me llenaba de alegría y era la voz de una señora pregonando cada día. “caracoles, vamos niña que llevo la gloría” hoy todavía no se porque aquella voz despertaba mi ánimo, pues los caracoles nunca me gustaron, será porque yo presentía que ella el verano traía

Tampoco nunca supe si la señora se llamaba Gloría, o si los caracoles que vendía a gloría sabían…

El verano llegaba seguido, el sol fuerte apretaba. Hacíamos punto en la escuela y podíamos salir a jugar por las mañanas. En el fresco en la “serviguera” de mi puerta que había un gran escalón nos sentábamos mis amigas y yo.

Con los recortables nos entreteníamos.

Mientras los niños los libretes ponían en los bordillos y con un tejo los derribaban y se metían en el bolsillo los que ganaban.

A las puertas salían las madres a la hora de comer y te llamaban con voz potente y enérgica para que rápidamente acudieras a la mesa.

Después de comer llegaba lo peor… la hora de la siesta, la que a todos nos obligaban a dormir y la que todos odiábamos, e inventábamos trucos para escaparnos y no tener que acostarnos.

Yo probaba a fingir que me dormía y esperar muy quieta que mi madre dormitara para luego levantarme sigilosamente sin que se enterara.

Con el tiempo me di cuenta que era ella la que se hacia la dormida y de vez en cuando dejaba que me levantara

Por la tarde el baño en el corral en el agua del lebrillo, muy calentíca de estar toda la siesta al solecillo.

Y cuando el calor remitía, a jugar otra vez en la calle. Nuestras madres también en la puerta se sentaban y con las vecinas hablaban y así se enteraban de lo que en el pueblo pasaba.

Verano: El cine al aire libre, alguno con sillas de anea, en las que vivían colonias de chinches, que te apañaban las posaderas. Una gaseosa para todos repartida, bebíamos a morro y las burbujas nos hacían cosquillas.

Verano: Excursiones a las eras con mi hermana y sus amigas que eran mayores que yo. Y la prohibición a mi hermano de bañarse en ningún charcón.

Verano: Puertas abiertas, todo se escuchaba, risas, discusiones, la radio puesta con Juanito Valderrama y sus canciones. Y el llanto de la familia de enfrente, donde un maltratador les hacía sufrir permanentemente.

Y las Fiestas, como no. Con la calle el Santo engalanada con tantas casetas llenas de turrón y garrapiñadas.

Por la noche antes de subir a las Palmeras, la cena en el corral de la casa. Los paseos con “ración de vista” eran los que más se disfrutaban.

No había mucho dinero para gastar, pero daba igual. Las Fiestas me llenaban de felicidad.

Con agosto acortando sus días iba pasando el verano y empezaban a caer las hojas con melancolía.

El relente de la noche a nuestras madres con sus sillas recogía. Nos llamaban y nuestros juegos interrumpían. -Siempre en lo mejor- refunfuñábamos enfadadas y nos metíamos en la casa con los dientes apretados de rabia.

El Otoño llegaba inexorable comenzaba el frío a notarse.

Entonces empezaba la procesión de niños y niñas calle arriba a comprar el picón.

Aun me acuerdo de lo fija que miraba al piconero, mientras nos despachaba un celemí a mi hermana y a mí.

Me preocupaba enormemente que ese hombre se quedara negro para siempre, solo tenía blanco los dientes.

Otoño: ¡Uf! Otra vez al colegio. Aunque la vuelta tenía su parte bonita, estrenar los cuadernos nuevos y los pequeños, su pizarrita.

El primer día los babis muy planchados, el pelo atusado, los lloros de algunos niños con sus madres de la mano.

Los cantos en el patio con el brazo en alto, la oración en pie en clase antes de sentarnos, el buenos días don “fulanito” vivamente coreado.

Todos modosos como si nunca un plato hubiésemos roto.

Los niños a una clase las niñas a otra.

Aun me pregunto quien sacaría esa regla tan idiota.

Noviembre fiesta de todos los Santos, las nueces, las castañas, y los boniatos.

Poner la ropa de invierno al día.

Probarte el abrigo nuevo del año pasado, comprobar si te servía y si no adaptarlo. Una sola temporada era poco para desecharlo.

Los menores heredaban – no hacia falta testamento- la ropa de los mayores, aunque a veces fuéramos hechos un adefesio.

Las historias de miedo al calor de la lumbre. Los abuelos con el reflejo de las llamas en sus caras.

Nos contaban la historia de algún difunto, que antiguamente sus antepasados les relataban.

Las sabanas blancas, impolutas, frías ya, poco a poco se acercaba el mes de la Navidad.

El crudo invierno llegaba, los niños y las niñas con los mocos colgando en la calle seguíamos jugando.

A la lima y al marro, hincaban los chicos sus clavos en el barro.

En la “esquina” de mi calle que estaba asfaltada, las niñas a la comba y al tejo como locas saltaban.

Invierno: Frío en las piernas que casi todos llevábamos al aire, los pantalones eran cortos y las faldas miserables.

Invierno: Migas en la lumbre, hechas en sartén de rabo largo, lo mismo iban acompañadas de una raspa de bacalao, sardinas, algún melón de invierno o un rábano peláo

.

Invierno: escarcha en los tejados, en el suelo y el lebrillo del verano, que servía para bañarnos congelado sin remedio.

Invierno: Las madres haciendo punto, acabando con prisa los jerseys, que en otoño empezaron. Quedándose hasta altas horas de la noche, para terminarlos.

Remendando calcetines, pieceando pantalones preparando el almuerzo de los hombres para el tajo. Eran las ultimas en acostarse, recogiendo, colocando, hormiguitas de la casa.

-Solo descansaban cuando finalmente entraban en nuestro dormitorio y nos tapaban-.

Invierno: Navidad, fría, lluviosa, escarchada una copita de anís del mono nuestros padres se tomaban.

Trabajadores impertérritos, incansables, siempre buscando como alimentar a la prole. Aceituneros, Alfareros, algunos Mineros, del pueblo cercano, sus manos quemadas, sus labios cortados.

Casi siempre huraños, no estaban a las caricias acostumbrados. Generación de vida muy difícil, desde niños trabajando.

Navidad, como digo, sin abetos ni guirnaldas, El Belén era por aquellos años quien presidía la casa.

Las zambombas caseras, hechas de barro, con una piel de tripa de cerdo y un carrizo que sonaba cuando te escupías en la mano.

Los reyes Magos pasaban de puntillas, algunas veces visitaban mi casa y otras dejaban vacías las zapatillas.

Este año recuerdo que por fin me dejaron lo que tanto anhelaba. ¡Un balón de goma con muchos colores! Para mi fue una gozada y confieso humildemente que a nadie se lo dejaba. Era tan grande que no lo abarcaba.

Aquel invierno siguió su curso y pronto terminó y cuando llegó de nuevo mayo un año de mi vida se cumplió.

Así lo viví y así lo he contado y me ha gustado mucho recordarlo.

Besana.

Acerca de diainternetalbolote
Dinamizadora Centro Guadalinfo de Albolote

2 Responses to Un año en mi vida. Beatriz Sanchez Agudo

  1. nicolas dice:

    estoy muy contento de que mi david este con todas las profes que tiene

  2. nicolas dice:

    es lo mejor que me a podido pasar en mucho tiempo mi david

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